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jueves, 16 de junio de 2011

Verano, sobrinos y becarios monovolumétricos.

Ocho en punto de una mañana dominguera del mismísimo mes de agosto. Los primeros rayos de sol implacable se abrían paso a collejas entre la espesa niebla veraniega que añadía a los impertinentes 22º centígrados reinantes  a esas horas una humedad del potocientos por ciento IVA no incluido. Mientras tanto,   Ataúlfo Corrochano, con los ojos aún legañosos, empezaba a arrepentirse de la promesa de llevar a sus cinco sobrinos a la playa. Cinco angelitos de edades comprendidas entre los seis y los diez años, seguiditos como los dedos de una mano,  todos ellos dotados con la  razonable dosis de mala leche que proporciona la necesidad de sobrevivir entre tanta competencia.  Y lo malo era que estaban a punto de llegar para convertir su día en un infierno. Más concretamente, en un infierno muy chungo, de esos donde no hay más vicio ni diversión que jugar al bingo con alubias resecas mientras se ve una y otra vez la misma peli de  "Cine de Barrio". Y todo por ser un bocachancla.

Siempre había pensado que, o bien su hermana y su cuñado desconocían por completo la eficacia de los modernos métodos anticonceptivos, o bien eran una fértil fábrica de nenes cuya producción, invariablemente, iba destinada en su totalidad a llenar la vida y el monovolumen familiar de Ataúlfo como mínimo  una vez al mes. Había comprendido demasiado tarde que la insistencia de su cuñado en que se comprase un monovolumen de siete plazas a pesar de ser soltero y sin hijos conocidos escondía oscuros intereses. También se había hecho consciente de su propia a la par que extrema debilidad mental. - ¡Ataúlfo, píllate un monovolumen como el mío, que por cuatro perras más merece la pena!, le había dicho el infame. Y tragó hasta el fondo cual Mónica Lewinsky en período de prácticas. En el concesionario se referían a Ataúlfo desde aquel día como "El becario monovolumétrico" o "El tontolhaba la fragoneta" . Apodos ambos  tan crueles como merecidos.

Porca miseria!, exclamó mientras  llenaba el maletero con todo el despliegue logístico necesario para la operación playera y pensaba lo bien que estaría si se hubiera comprado un Smart de esos de dos plazas.  Y mientras estaba absorto entre sombrillas, pelotas, cubos, palas,  toallas y neveras repletas de filetes, ensaladilla, tortilla de patata,  y demás viandas de reglamento, un sonoro toque de claxon le anunció que su particular armagedón acababa de llegar. Su cuñado acababa de bajarse de su monovolumen nodriza y se disponía a abrir las puertas del mismo para dar salida al ruedo a los cinco Mihuras como si del chulo de toriles de la mismísima Maestranza se tratara (o tratase). Por un momento creyó entrever en la jeta de su cuñado una fugaz mezcla de sorna, compasión e infinito agradecimiento mientras  volvía a introducirse raudo y veloz en el coche y salía disparado por si Ataúlfo se arrepentía a última hora.

Los cinco energúmenos habían dormido bien a juzgar por el derroche de energía que en cuestión de décimas de segundo se había adueñado de su amado a la par que odiado monovolumen en forma de hordas infantiles que devastaban cuanto encontraban a su paso. En un primer recuento de daños, Ataúlfo había observado que los pequeños hijos de Atila habían tenido tiempo suficiente para poner  la radio del coche a todo volumen con Shakira repartiendo Waka-wakas y "shancaleguas" a brazo abierto,  todos los ceniceros desbordaban  de papeles de chicle y caramelos, una piruleta a medio roer estaba pegada en el techo y los cinturones de seguridad estaban dejando cianóticos a Lolo y Javi que de alguna manera inexplicable habían conseguido reproducir el nudo Gordiano utilizando el cinturón del conductor y el del copiloto. Los muy cabrones.

Ataúlfo trató de poner orden como buenamente pudo entre aquella banda de proyectos de ser humano, y tras  incrustar a cada uno de ellos en su correspondiente silla de seguridad, ajustarles debidamente el cinturón y requisarles un importante alijo de chucherías a cual más pringosa y enguarrante,  se sentó al volante, que por supuesto también estaba pringoso, y puso rumbo hacia la playa pensando que aquellos cuarenta kilómetros iban a ser eternos.

A los tres kilómetros escasos el atasco era monumental. Un ejército de monovolúmenes cargados hasta las trancas de aparejos playeros avanzaba penosamente por los colapsados carriles de la autovía mientras Jorgito decía  a gritos que se hacía pis, y Lolo vomitaba ingentes cantidades de gominolas y cola cao sobre Javi, que a su vez empezaba a sentir arcadas ante la generosidad estomacal de su hermano.  Antoñito se dedicaba a pintarrajear la tapicería de cuero con un rotulador permanente  (Antoñito siempre había sido muy profesional y concienzudo) y  Carlitos  estaba a punto de batir el record Guiness de meterse figuritas de los pitufos por las fosas nasales. Teniendo en cuenta que sólo le faltaba por alojar a Papá Pitufo y al Pitufo Metrosexual, era fácil deducir que el resto de la aldea pitufa se hacinaba como podía en las cavidades nasales del zagal. Médicamente la cosa tenía mala pinta.

Ataúlfo se resignó a su mísera  suerte y respirando hondo pensó en un amplio y maravilloso universo de vasectomías, ligaduras de trompas y anticonceptivos mecánicos, químicos y electrónicos. También decidió subastar el monovolumen en ebay esa misma noche y con el dinero obtenido cambiar de vida, de sexo y de país, dedicarse al transformismo y la copla en general y hacer voto de castidad irreversible por si las moscas.

Muy mal se le tenía que dar...


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