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domingo, 28 de noviembre de 2010

Crónicas escandinavas: cómo redecorar tu vida

Ataúlfo Corrochano  estacionó su utilitario en el abarrotado aparcamiento. En la columna, un cartel de color azul decía que aquello era el sector M42, a unos 400 metros de la entrada. Armándose de valor, se bajó del coche y se sumergió en  la marea humana cargada de paquetes planos y bolsas reciclables. A falta de 150 metros para llegar a la puerta de entrada, esquivó  a una criatura que conduciendo un carrito de forma temeraria se dedicaba a arrasar la rabadilla y los juanetes de todo lo que se meneaba a su alrededor.


Ten cuidadín guapo, no vayas a hacerle pupa a alguien! - Como respuesta, el pequeño cabroncete le lanzó un certero escupitajo justo en medio de la pechera y continuó su camino. Toda una declaración de principios a tan temprana edad. Ataúlfo se vio súbitamente inmerso en una ensoñación de violencia y destrucción masiva de la que despertó al ser abordado por la mamá del infame engendrillo, completamente desencajada.


-¡Perdone, es que el niño es de un travieso...! ¡Espere, que le limpio la camisa!
-Es igual señora, no se moleste. Son cosas de críos - respondió mientras trataba de absorber el esputo con un pañuelo de papel marca Hacendado. Y es que, a pesar de pasadas vivencias Ataúlfo seguía siendo fiel a la marca.


Siguió caminando hacia la entrada mientras iba pensando que  Herodes debió ser un tipo majete. Pasó la puerta giratoria, y sus penas se evaporaron de inmediato al verse inmerso en un mundo de luz, color y estampados suecos por doquier. La excitación de Ataúlfo iba en aumento mientras pensaba extasiado en las infinitas combinaciones que podría hacer con las estanterías Garrülensen, disponibles en 18 colores, 14 modelos de puertas y 387 accesorios diferentes entre baldas, cajones, rejillas, organizadores  y colgadores de  jamón. Disimuladamente, cogió 8 lápices y unos 250 gramos de papel que se fueron directamente a la buchaca. Las cosas gratis molan. Completamente obnubilado, comenzó a apuntar referencias mientras la libido se le iba disparando peligrosamente. 


Avanzó por el camino que le iban marcando las flechitas dibujadas en el suelo, regodeándose con los sofás Apalankä, las mesas Jödensen, los grifos Gotëan, las lámparas Alümbrik, las escobillas  Waternlïmp, las mantas Täpaten, los relojes de pared Punktüalsen... 


Ataúlfo, metódico como nadie,  llevaba 18 cuartillas escritas y ordenadas escrupulosamente por pasillos y estanterías. En la sección de menaje se sintió el rey del mambo mientras metía en el carrito 12 copas Täjaten, un juego de café Torrefakt, 2 sartenes Friktängart y un picador de cebolla Llörenson. Sintió que el mundo era suyo mientras adquiría un juego de cuchillos Machëten, un pelapatatas Mönda y 12 cucharillas de postre Empaläga. Naturalmente, añadió a la lista un cargamento de velas aromáticas  Cïrien, 
sus favoritas de toda la vida, 7 bolsas de popurrí Golifäten, y las imprescindibles perchas Kuëlga.


A estas alturas de la película, Ataúlfo estaba próximo al orgasmo y sentía que su vida se estaba redecorando irremediablemente mientras se convertía en un aguerrido guerrero nórdico sediento de batalla. Se dirigió a la salida no sin antes comprar una planta  Hierbäjen, que haría un estupendo avío frente a la ventana de la cocina. En un arrebato de cordura, y cuando estaba a punto de ponerse en la cola de cajas, decidió hacer una arriesgada maniobra evasiva hacia la sección de oportunidades.


Fue  en aquel preciso instante cuando lo vio: un flamante colchón de látex Revölkon a mitad de precio, y la mamá del cabroncete mutante que se dirigía con ojillos de codicia a cobrarse el preciado botín. Sin pensarlo dos veces, Ataúlfo soltó el carro y se lanzó vociferante sobre el mullido artefacto. 


-¡Por Thor y Odín, juro que será mío aunque tenga que morir atravesando las 540 puertas del Valhalla!


Ataúlfo desfiló triunfante  ante la petrificada mamá y el boquiabierto zagal, que en su perplejidad ahora  babeaba sobre su propia pechera. Una vez más, nuestro héroe pensó que la vida merecía la pena. 


El Valhalla podía esperar...



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