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miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ataúlfo Corrochano reloaded: la resistencia terrestre frente al caos aéreo

El vuelo salía a las 19:45. Nuestro héroe sabía perfectamente que en materia de aeropuertos no se puede funcionar con improvisaciones. Por ello, con puntualidad de Lord inglés fundamentalista, Ataúlfo se presentó en la cola de facturación de Piltrafilla Airlines con tres horas y 2 minutos de antelación. Había adquirido el billete dos meses atrás por el módico precio de 48,50 euros ida y vuelta para hacer el  trayecto Barajas - Jacarandal de la Babilla y pasar el largo puente estudiando el comportamiento de la gallineta común, muy abundante en la zona. Las gallinetas - y más las comunes - eran otra de las grandes pasiones de Ataúlfo.

Jacarandal de la Babilla había ganado muchos enteros desde la apertura de su flamante aeródromo, que ya movía más de siete viajeros semanales. Incluso en una ocasión llegó a haber una cola de tres personas en el Duty Free, donde se daba salida a los tapetes de ganchillo que confeccionaban los controladores para aliviar el stress en sus tiempos muertos. Optimización de recursos lo llamaban.

Tras poco más de 20 minutos, su equipaje ya estaba facturado, por lo que decidió darse una vuelta por la enorme terminal. Ataúlfo había leído por alguna parte acerca de una leyenda urbana que decía que en una ocasión, un viajero llamado Johann Van Huygens se perdió en el intrincado laberinto y nunca más volvió al mundo de los vivos.  Desde entonces, son muchos los que aseguran que vaga errante por los desagües atormentando a los viajeros que osan aliviarse en la fría soledad de los WC. Así se forjó la leyenda del holandés aerofágico errante. Otros, de forma menos poética,  cuentan que apareció en coma etílico tirado en un lavabo tras haber escrito con su propia sangre "Que os den" en el espejo cuando llevaba 72 horas esperando el embarque. A saber...

De pronto, la megafonía vomitó un inquietante aviso a navegantes:

"Señores viajeros, por razones técnicas desde este momento queda cerrado el espacio aéreo. Permanezcan atentos"

.-¿Permanezcan atentos?, ¡Jodeeeer! ¿Atentos a qué? ¡Ay Diooooooos.... - Ataúlfo sintió un sudor frío que recorría su espalda en imparable descenso, en parte por la gravedad de la situación y en buena medida también, por la gravedad terrestre que parecía ser lo único que seguía haciendo su trabajo contra viento y marea. Trató de calmarse, y decidió que iría a refugiarse en la ventanilla de Piltrafilla Airlines, que al fin y al cabo, era a quien había  confiado su equipaje y su equipo de observación de gallinetas.

Según se iba acercando, observó que todos los mostradores de facturación estaban colapsados y los viajeros más avezados habían comenzado a montar elaboradísimos campamentos donde hacerse fuertes ante el asedio que se avecinaba. Incluso le pareció ver que algunos llevaban sus propios generadores eléctricos y letrinas de campaña - la experiencia sin duda es madre - o al menos madrastra- de la ciencia-.

Ataúlfo abrió su equipaje de mano  para hacer recuento de la munición con la que contaba: un supermóvil con conexión a internet y repleto de música, juegos y pelis con su correspondiente batería de repuesto. Un cargador. Su cartera, con suficiente dinero y tarjetas de crédito para resistir lo que hiciera falta. Un cartón de tabaco, chicles de clorofila para mantener el aliento fresco y el último número de "Gallineta's Magazine".

Ataúlfo se hizo fuerte entre dos jardineras y una cabina de teléfono, a escasos metros del WC más próximo y justo enfrente de la cafetería. Y sonriendo  de nuevo, se sintió como Viriato, dispuesto a defender la plaza al precio que hubiera que pagar mientras pensaba que no hay nada como ir a la guerra bien provisto de munición.

Las gallinetas tendrían que esperar...

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